jueves, 21 de octubre de 2010

Tony Hoagland



ACOSTARSE CON UN HOMBRE

En aquellos días pensaba que tenía que

hacer todo aquello que me daba miedo,

así que me acosté con un hombre.

Era un punto más de una lista

dormir en un cementerio, bajo la luna llena,

no apartar la mirada de la cara golpeada y quemada de la chica,

atarme en la catapulta

de alguna píldora azul y eléctrica.

Eran los setenta, toda nuestra generación

estaba más que dispuesta a cortar con una sierra

la rama sobre la que nos sentábamos

para ver cómo era aquello de caer -bump, bump, bump.

Conocer lo peor de uno mismo

parecía como una auto-mejora entonces,

y el sufrimiento era una aventura.

Así que me acosté con un hombre,

lo cual no recuerdo muy bien

excepto que no fue divertido.

Las cortinas se agitaban en la brisa

proveniente de la parilla de una radio negra. Van Morrison

llenaba la habitación como un aftershave astral.

Acosté mi masa de engaños

al lado de su masa de engaños

en una habitación oscura en la que luchaba

con ese viejo adversario, yo mismo

-con la forma, esta vez, de un cuerpo-

en algún sitio entre el cielo y la tierra,

dos cosas a las que tenía miedo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

cometario

vegetarianos en el mundo