sábado, 19 de febrero de 2011

Allá por los años setenta* -Sam Shepard-



*Un relato de Luna Halcón

Los muchachos querían que les hiciesen unos billares; peleaban en serio los viernes por la noche en plena carretera, deteniendo el tránsito. Sin navajas, pistolas ni cadenas. Sólo puños. Nadie quería sangre. No eran como las peleas de ciudad. Los bailes de Diligent River siempre atraían grandes gentíos y se libraban tremendas peleas entre pueblos rivales, como en los tiempos del Monte Legion Stadium.
El gran asesino era el aburrimiento. Ni trabajo ni billares, diez chicos para cada chica, y ésta solía, encima, ser fea, mala radio, viejos agonizantes y borrachos, tiendas de parroquia, un baile al mes y ni siquiera Rock and Roll, un juke box que siempre tenía los mismos discos, crudos inviernos nevados y neblinosos veranos.
Lo más emocionante que llegaba a ocurrir era que alguien cazara un alce o un oso, y eso era muy poco frecuente.

Entonces llegaron los de Estados Unidos. Primero un goteo y después todo un río. Evasores del reclutamiento, delincuentes, gente que huía de las ciudades, tipos que se pavoneaban a derecha e izquierda.
Comenzó a circular por los pueblos cierta extraña literatura pornográfica. Grandes páginas a todo color con pollas y chochos y tetas y culos. Las drogas se filtraron por todas partes, colándose con la facilidad del aire salado del mar.
En los bosques, ahogando bajo su estruendo el ruido de las sierras mecánicas, sonaba el Rock and Roll. Tipíis y cúpulas de extrañas formas, colores chillones y dibujos espeluznantes. En los sembrados, para pasmo de los cuervos, ondeaban largas pancartas con cintas colgando.

Motocicletas monstruosas, pintadas de negro, con cromados, se zambullían en el barro de las pistas forestales. Estampidas de motos trucadas y de Harleys rugiendo por las calles de las aldeas de pescadores. Posters de los Rolling Stones pegados en las paredes de pajares e iglesias. Tatuajes que aparecían en los lugares más inimaginables de la piel de las chicas de por allí.

Llamaron a la Montada, pero las cosas ya habían ido demasiado lejos. No había modo de distinguir a los chicos canadienses de los estadounidenses. Todo el mundo andaba jodiendo y mamando y fumando y pinchándose y bailando sin esconderse. Y desde lejos te llegaba el ruido de Estados Unidos, resquebrajándose por la mitad y hundiéndose estrepitosamente en el mar.
Sam Shepard


Qué puedo decir. El gran asesino sigue siendo el aburrimiento.

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